De pronto se abrieron las puertas e hizo su ingreso la mujer más atractiva que uno pueda imaginarse. Cual ráfaga en alta mar se coló repentinamente provocando un gran revuelo en un escenario que parecía estar suspendido en el tiempo. Lo llamativo del caso no era solamente su extraordinaria belleza, comparable quizá con la de las sirenas de cantos fatales que gobernaban los océanos, sino que además era la primera vez que una mujer se atrevía a cruzar los límites de aquella lúgubre taberna donde se daban cita marinos y rufianes de la peor calaña. A pocos metros de las puertas que no acertaban a cerrarse, plantó sus finos tacos sobre la madera crujiente, rescatando del letargo a los eternos parroquianos que se aferraban a sus vasos solitarios. Posó en ellos su mirada suave y esquiva, sin conceder más que un atisbo fugaz sobre cada rostro, con la sensualidad propia de una mujer acostumbrada a seducir a tripulaciones enteras. El perfecto contorno de su rostro; los labios, pequeños y gruesos, ligeramente separados; la nariz, diminuta y respingona; los magníficos hombros, un tanto elevados; y los ojos, grandes y verdes, todo ello formaba un armonioso conjunto que despertaba todo tipo de fantasías. Su piel, sin la más leve arruga todavía, era tan blanca que se confundía con la nube de humo generada por los cigarros, y los párpados, caídos por elección, le otorgaban una apariencia misteriosa, aunque no alcanzaban a ocultar el brillo incesante de sus ojos, dos faros de excepcional anchura capaces de encandilar hasta al más tímido de los hombres. De buena estatura, sin llegar a ser alta, pero tampoco baja, bien proporcionada en todas sus partes, era algo delicada en sus movimientos y parecía mucho más joven de lo que era en realidad. Vestía con sugestiva elegancia, dejando a la vista sus esculturales piernas, y bajo el sombrero de anchas alas asomaba una cabellera de un rubio oscuro, semejante al color que adquiere el sol cuando se hunde en la mar. Al examinarla con atención, surgía la sospecha de que aquel rostro perfecto encubría algo malvado, un secreto inconfesable, una historia atroz.
A esta altura, la protagonista, los parroquianos y quien escribe, hastiados de tantas descripciones, se plantean la conveniencia de continuar con el relato de una historia que se presenta decididamente intolerable. El generoso lector se dispone a dar su opinión al respecto, pero sus propios bostezos se lo impiden. En tanto que las letras, en un acto de rebeldía pocas veces visto, resuelven por sí solas la cuestión, y emprenden la fuga or d e n a d a m e n t

